Comunicarse sanamente en familia

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El poder de la comunicación

La comunicación tiene un gran poder en la interacción con los demás. Cada acto comunicativo produce en nuestro interlocutor un efecto que va mucho más allá de la mera transmisión de información, generado consecuencias emocionales y resultados diversos. Por lo tanto, si es importante que se dice, no lo es menos como se dice. Un ejemplo de esto lo podemos ver en la siguiente historia:

Un monje preguntó a su superior: «¿Padre, puedo fumar mientras estoy rezando?

Fue amonestado por su pregunta, con el argumento de que rezar es un acto que requería de toda su devoción.

Pero otro monje preguntó a su superior: «¿Padre ¿puedo rezar mientras fumo?

Y fue felicitado por su devoción

(Matteo Rampin «Vender la Moto»)

Esto mismo ocurre en casa. Cuántas veces tenemos la razón y, la manera de decirlo no es la correcta, generando a menudo resistencias y malas caras en vez de encontrar una solución a la situación. Conocer algunos apuntes de la pragmática de la comunicación y tomar conciencia de los aspectos emocionales y relacionales de los mensajes comunicativos en el contexto familiar nos hará ser más efectivos en la comunicación con nuestra familia (pareja e hijos).

El diálogo que fracasa

Aquí tiene los ingredientes básicos para el fracaso de su comunicación en el hogar:

Puntualizar: La puntualización es un análisis racional de un intercambio afectivo y emotivo. Si bien nuestra intención se centra en indicar que es lo que se debe hacer y lo que no, esperando respeto, es decir, explicar cómo son las cosas y cómo deben ser para que funcionen mejor. El efecto pragmático que produce en el nuestro hijo es un deseo salvaje de transgresión de las reglas de la relación. El padre racional y sensato que tenemos ante nosotros se transforma de repente en un magnífico pesado.

Recriminar: Se trata de someter al interlocutor en un proceso en el que se le indican las culpas. Aunque parezca una aclaración, produce en nuestro hijo reacciones emotivas de rebelión. La rabia y el rechazo anulan la culpa y genera el deseo de escaparse o de atacar (por razonables que puedan parecer las acusaciones).

Victimismo: Desde este rol se intenta inducir al otro a que corrija aquellos comportamientos que lo han generado. Si bien se intenta generar que el otro tenga sentimientos de culpa, lo que produce es un aumento de la rabia en el otro y una escalada simétrica de lucha de poder.

Sermonear: Nuestra intención es proponer lo que es justo o injusto a nivel moral y, además, examinar y criticar el comportamiento del otro. Pero contrariamente produce el deseo irrefrenable de transgredir las normas morales puestas como fundamento del sermón. Muchas veces dentro del sermón encontramos puntualización, recriminación y victimismo.

«Te lo dije»: Al malestar que produce haberse equivocado se suma el hecho de que me he equivocado porque no le he hecho caso, no le he escuchado o no le he dado importancia a su opinión. Esto genera inexorablemente irritación y sensación de provocación, lo que producirá que entre en conflicto.

«Déjalo, ya lo hago yo»: Muy típico de la sobreprotección parental, intentamos sustituir a nuestros hijos al realizar una tarea, haciendo que nuestra actuación parezca un acto de atención, aunque en realidad queda encubierta la descalificación. A nivel emocional se recibe el mensaje de «déjame hacerlo a mí que tú no eres capaz».

Reprobar: Primero felicitamos a nuestro hijo e inmediatamente afirmamos que lo podría haber hecho mejor. El efecto pragmático que produce es de insatisfacción del otro y de sentimiento de incapacidad para conseguir objetivos adecuados, lo que le generará inseguridad.

Dialogar estrechamente en familia

Una vez que conocemos la manera de estropear el diálogo, es hora de empezar a enderezarlo mediante tres directrices fáciles de aplicar.

Preguntas con alternativa: Cuando hablamos con nuestros hijos los tenemos que encaminar hacia el descubrimiento de aquello que queremos que integren. Las preguntas con ilusión de alternativa permiten que, guiándolos de manera disimulada, lleguen a la conclusión adecuada. Un ejemplo sería: «¿Tú crees que, si estudias en el último momento serás capaz de aprender y sacar buena nota, o es probable que te canses y no rindas lo que tú eres capaz?». ¿Si él entonces indica que si estudia antes entonces estará cansado y no rendirá podemos continuar preguntándole, “¿Y si no rindes lo que tú eres capaz como estudiante, crees que en el momento del examen podrás contestar las preguntas con seguridad o tendrás dudas?». El descubrimiento personal de las consecuencias de sus actos es mucho más reparador y correctivo que cualquier información que provenga del exterior.

Empatizar: La empatía del griego ἐμπαθής (emocionado) es la capacidad cognitiva de percibir, en un contexto común, lo que otro individuo puede sentir. También es descrita como un sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra. Partiendo de la idea del constructivismo, donde no hay una única realidad, sino formas infinitas de percibirla, nuestros hijos se crean una idea de ésta en relación con sus experiencias, lenguaje interno y cognición. Por lo tanto, nosotros como padres, no debemos negarles su realidad (dado que, desde su punto de vista es la adecuada) sino ayudarles a descubrir otro modo de verla. Así se sentirán entendidos y acompañados en el proceso de vivir.

Hablar de las emociones: Poner nombre a lo que sentimos, explicar como padres en primera persona si estamos contentos, tristes, enfadados o emocionados y qué cosas hacen sentir bien y mal permitirán que ellos tomen ejemplo y sean capaces de comunicarnos como se sienten. Debemos ser capaces de sentarnos y hablar de las experiencias duras que nos toca vivir en familia (muertes, enfermedades, separaciones, cambios repentinos) y permitir expresar y respetar la emoción que se generan durante el tiempo de duelo. Normalizar situaciones que no lo son y hacer como si no pasara nada, se pagan a corto, medio o largo plazo. Para enseñar a los pequeños y no tan pequeños a familiarizarse en las emociones y favorecer la empatía, podemos utilizar el juego de la rosa y la espina, donde cada miembro de la familia debe explicar cuál ha sido su rosa (el momento más agradable del día) y su espina (el momento menos agradable).Se puede aprovecha el momento de la cena para ello. De esta forma se permite escuchar y compartir experiencias emocionales en familia, que pueden ser muy enriquecedoras para todos y que podrían pasar inadvertidas si no se pusieran en común.

La finalidad de un diálogo adecuado no es hacer que el otro pierda, sino vencer juntos. Generar un clima de colaboración entre padres e hijos y prevenir conflictos entre familiares es el objetivo de la comunicación positiva. Dialogar teniendo en cuenta estos tres puntos permitirá conectar de manera más satisfactoria con nuestros niños y adolescentes.

Lecturas recomendadas:

Vender la moto. Matteo Rampin. Psicología Alianza Editorial.

Corrígeme si me equivoco. Giorgio Nardone. Editorial Herder.

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