La hiperprotección: cuando querer demasiado duele

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La hiperpaternidad es un modelo de crianza originario de Estados Unidos que se ha afianzado en Europa y que está basado en una supervisión constante de los padres hacia los hijos. Según Eva Millet, periodista especializada en temas de educación y estilos de vida, existen tres modelos de padres hiperprotectora: los «padres helicóptero» que sobrevuelan sin detener la vida de sus hijos siempre pendientes de lo que desean o necesitan; los «padres apissonadora» que allanan el camino de los hijos para que no se encuentren dificultades; y finalmente los «padres guardaespaldas»: susceptibles ante cualquier crítica sobre sus hijos. Incluso en los países nórdicos, se habla de los «padres quitanieves» donde mamá y papá quitan frenéticamente los obstáculos que hay delante de su hijo para hacerle limpio y fácil el camino. En definitiva todos tienen un denominador común: la hiperprotección.

¿Protegido o hiperprotegido?

No debemos confundir la hiperprotección con la protección. Proteger es una de las funciones vitales de un padre. Esta protección desde la que se tiene cuidado de los hijos y se les mantiene seguros, puede convertirse en nociva para el niño cuando se vuelve desmesurada. La hiperprotección va más allá de cubrir y satisfacer las necesidades, en este caso los padres piensan por el hijo, actúan y deciden por él y buscan soluciones a todas sus dificultades, ya sean reales o imaginarias. Las palabras claves en este caso son: exceso de protección, exceso de amor, exceso de acogida y un alto control para prever o anticipar los posibles peligros. Se puede pensar, por ejemplo, en las colas de coches que se forman en las salidas de las escuelas, aunque haya transporte público, o también en los padres que ayudan a sus hijos a hacer los deberes a pesar del niño no muestre ninguna dificultad, o en los que recogen de forma sistemática a sus hijos a horas intempestivas de la madrugada para que lo pasen bien cada fin de semana. Todo ello por encima de las propias necesidades personales y sociales de los padres. Cuando ser padres significa estar disponible sin límites estamos pasando de una elección a una obligación hacia nuestros hijos, tanto por incapacidad de enfrentamiento de los hijos como por una sobre exigencia que acaba siendo reclamada como derecho. Lo que en un inicio era una elección puede acabar convirtiéndose en una obligación, de la que ya los padres no tienen opción de salir adelante victoriosos.

En estas situaciones de crianza hiperprotectora los hijos crecen incapacitados para superar las dificultades de la vida por el exceso de protección parental, ya que la confianza en los recursos propios se obtiene a través de la experimentación y superación de los problemas por uno mismo y no por los demás. La regla básica de estas familias hiperprotectora es: «… di lo que necesitas en cada momento y nosotros te lo daremos». Las principales consecuencias psicológicas por los hijos son un autoconcepto deficiente, al no haber podido poner a prueba sus competencias personales, miedos e inseguridades fruto de la ausencia de enfrentamiento a las situaciones, y por tanto de la no superación de conflictos. Esto crea una espiral de dependencia hacia los padres que viene a reafirmar-lis la idea de que su hijo no tiene los suficientes recursos como para enfrentarse al mundo, que es frágil, y que, por tanto, se le debe continuar protegiendo.

Muchas veces, el exceso de apoyo parental en todas las facetas de la vida del hijo, junto a una falta de límites, puede desencadenar conductas de tipo dictatorial y tiranía por parte de los menores que, debido a un sentido de omnipotencia, se cruzan que pueden hacer todo lo que quieren. Algunos otros, por el contrario, intentan rechazar el control, siendo objeto de malas caras por parte de los padres para hacerlo sentir culpable.

¿Cuáles son las reglas que marcan la hiperprotección?

Las reglas dependen del rol que tiene cada uno de los miembros de la familia. En el caso de la madre nos encontramos ante una que está muy preocupada por ser una buena madre, a fin de darle absolutamente todo y lo mejor a su hijo. Esto conlleva que el hijo tiene que estar a la altura de los otros en moda, actividades extraescolares, móvil, etc. El alimenta, lo viste, habla con los maestros de la escuela, lee incansablemente libros de educación y hace de taxista en las actividades extraescolares. Por otro lado, solemos tener un padre que, o bien comparte la preocupación de la madre, o bien es un observador externo de la situación, que permite pero que no interviene activamente. Muchas veces, para evitar ser menos estimado, se comporta como un amigo de su hijo. Finalmente, tenemos un hijo que debe aceptar los privilegios sin resistirse, y si, en un momento determinado se opone, no perderá los privilegios, dado que los padres son incapaces de castigar, pero los hará sufrir mucho y se lo harán saber.

El hijo, como consecuencia de todo esto, estará cada vez menos obligado a responsabilizarse de sus acciones y mostrará inseguridad, baja tolerancia a la frustración, se pedirá poco de sí mismo y puede sentir una progresiva sensación de omnipotencia que puede crear efectos devastadores a su entorno familiar ya él mismo. Son muchas las personas que refieren haberse sentido ahogados de tan amor recibido en su infancia, limitándose lis la capacidad de experimentación y de crecimiento personal en la etapa adulta.

Muchos de padres muy bien intencionados, con refiere Andrea Fiorenza, psicoterapeuta y escritor, creen que la preocupación que sienten por sus hijo es un buen indicador de su idoneidad como educadores. Desafortunadamente, es el contrario: la medida en la que los padres asumen como propios los pequeños problemas de los hijos suele ser inversamente proporcional a las capacidades de sus hijos para convertirse en sujetos independientes y autónomos, seguros de sí mismos.

Imaginemos unos padres que, preocupados por si su hijo tiene problemas en la escuela, se dedican a ayudarle. Hablan sistemáticamente ya menudo con todos los profesores, buscan maestros de repaso para que no experimente un posible fracaso académico, y cambian el horario laboral para estar cada tarde a su lado a la hora de hacer los deberes. El tema principal de comunicación en casa son las notas y los estudios y continuamente controlan y presionan para que se aplique y asuma responsabilidad para con las tareas (un aspecto contradictorio si tenemos me cuenta que no le permiten experimentarla, ya que la asumen ellos). Los niños y adolescentes que tienen estos tipos de padres reciben un mensaje dual: por un lado «te ayudamos para que te queremos» y por otro «te ayudamos para que tú no eres capaz de desenvolverte solo» . Con el tiempo, este mensaje repetido y ampliar a otras situaciones vivenciales de forma reiterada, disminuye claramente la autoestima y puede llegar a ser crónico y difícil de resolver.

En cada momento del crecimiento de la persona, ésta debe luchar sus propias batallas. Debemos darnos cuenta que no ayudamos a nuestros hijos dándoles la solución, sino dándoles el apoyo desde fuera. Si en la adolescencia los chicos no toman decisiones, nunca tomarán la iniciativa y esto producirá disfunciones sociales tremendas en todos los niveles, nos comenta José Antonio Marina filósofo y escritor de temas educativos.

Cinco consejos para educar sin ser hiperprotector

1. Deje de controlar a su hijo constantemente. Como padres debemos diferenciar lo que es realmente importante de lo que no. A veces somos continuamente exigentes y demandantes de conductas, anticipándonos, sin dar la posibilidad de que asuman ellos mismos la responsabilidad y que lo hagan sin que se lo decimos previamente. La corrección y la crítica reiterada de sus actos tampoco ayuda para autoafirmarse y afianzar la personalidad.

2. Permita que se equivoque. El error previo es una de las maneras más adecuadas para el aprendizaje, y que permite tener una experiencia emocional correctiva de su acción que no ha sido adecuada. Evitar-lis esta experiencia se negarse lis el crecimiento personal.

3. No se anticipe a las dificultades. Muchos padres, a fin de que sus hijos estén alerta de los peligros, los informan de todo lo negativo que les puede pasar. No es extraño que los niños actual tengan una tendencia evitativa más acusada que en décadas anteriores, y que los miedos y la dependencia de los adultos sea una característica habitual de los niños de hoy en día.

4. Proporcione espacio a su hijo por la intimidad. El exceso de control de los padres actuales hace que los hijos, incluso cuando son adolescentes tengan que rezar para tener su propia intimidad. Dejarles espacio, es la mejor manera para que nuestros hijos se acerquen más íntimamente a nosotros.

5. Esté a su lado para darle apoyo cuando lo necesite, no para solucionarle todos sus problemas. La mejor manera de proteger a nuestros hijos, es precisamente desproteger un poquito, para fortalecerlos. Si continuamente le resuelve los conflictos, los debilitamos como personas.

Helena Alvarado es psicóloga, pedagoga terapeuta, logopeda habilitada.

Artículo publicado en @arabalears.cat 

LECTURAS RECOMENDADAS:

Con la mejor intención. Marisol Ampudia. Herder, Barcelona.

Cuando el amor no basta. Andrea Fiorenza. Planeta, Barcelona.

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