Padres obedientes, hijos desobedientes

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Los modelos educativos contemporáneos están generando cambios importantes en nuestros niños, en relación con su carácter y también en la forma en la que se enfrentan a las realidades vividas. Si bien en la actualidad la sobreprotección es una tendencia común, y que está generando numerosos niños inseguros y con falta de recursos de enfrentamiento a situaciones comunes de la vida, la permisividad, o lo que es lo mismo, la falta de autoridad los padres, está desencadenando patrones de comportamiento tiranos.

El síndrome del emperador o del niño rey son nombres comunes para estos casos donde los niños dominan a sus padres, llegando incluso, en ocasiones extremas (pero no poco frecuentes) a la agresión y al maltrato físico.


La finalidad educativa de los padres permisivos recae en el hecho de que intentan evitar el conflicto dentro del hogar, promoviendo la paz a cualquier precio. Esto conlleva una igualdad de roles entre los padres y los hijos, donde el hijo tiene voz y voto igual que sus progenitores, decide las cuestiones familiares importantes, y todo se hace por consenso y no por imposición. Las reglas se pactan, impera el diálogo por encima de todo, y todos los miembros de la familia tienen los mismos derechos, (pero no las mismas obligaciones).

Ya Oscar Wilde nos indicaba que «con las mejores intenciones se producen los peores efectos». Si bien la intención parental es preservar la armonía familiar, lo que se produce paradójicamente es una guerra encubierta donde el niño se convierte en un dictador, alrededor del que giran las figuras parentales. Con el fin de intentar preservar esta armonía que es tan deseada por los padres, el pequeño dictador comienza a obtener grandes beneficios de su mal funcionamiento, y los padres, frente a las muestras de prepotencia, acaban por rendirse.

Esto conlleva que el niño cada vez vaya aumentando su poder, y acaba por dominar el clima familiar. De él dependerá que la dinámica diaria dentro de casa sea más o menos agradable o un infierno. Cualquier actuación educativa que se deba poner en marcha, desencadenará una escalada simétrica entre los padres y el hijo, hasta el punto que los padres perderán el control y acabarán abandonando, cediendo a la demanda filial para volver lo antes posible a la tranquilidad. Esto no sólo afecta a los padres, muchas veces los otros hijos de la familia quedan relegados a un segundo plano, perdiendo atención afectiva a pesar de que su comportamiento es adecuado y susceptible de refuerzo.

COMO MODIFICAR EL PATRÓN EDUCATIVO

Todos a la misma

Según Javier Urra, doctor en psicología, en estos casos no sólo se debe tener en cuenta la parentalidad, sino la relación de pareja, en el abordaje de la educación de los hijos, para evitar la ganancia de poder de niños respecto a uno o los dos progenitores. Las triangulaciones dentro de la familia, donde el hijo se identifica claramente con unos de los dos padres en contra del otro, es un claro síntoma de riesgo de empoderamiento disfuncional, donde uno de los padres puede utilizar al hijo para manifestar su insatisfacción de pareja. Si padre y madre enfrentan juntos el intento dictatorial del hijo, es mucho más probable que el niño no consiga sus objetivos.

Las consecuencias

La falta de límites o el «todo vale» debe modificarse por consecuencias claras a comportamientos desestructurados. Debemos reducir al máximo el diálogo a la hora de establecer un límite. Las órdenes maquilladas de palabras terminan siendo interpretadas por los hijos como consejos y, por tanto, pueden no seguirlas. Una norma debe ser clara, corta y específica, y tendrá una consecuencia significativa si no se cumple. Los padres deben mantener el control propio de la conducta en todo momento, para dar ejemplo de dominio de la situación. Ganar sin combatir sería el fin de este giro educativo.

Restablecimientos de las jerarquías

Hemos intentado tener en casa una democracia y, por el contrario, hemos conseguido una dictadura, donde nuestro hijo impone sus deseos por encima de los intereses parentales. El restablecimiento del orden jerárquico pasa por ponernos de manera sutil pero progresiva de nuevo por encima, donde nuestras necesidades también tengan valor e importen, y empezar a plantear un equilibrio entre el dar y recibir, donde, nuestro hijo deberá devolver en forma de respeto, ayuda y estudio (que son sus únicas obligaciones) los beneficios que obtiene por ser hijo. Esto desencadenará que el hijo comience a dar valor a lo recibido, y que sea agradecido ante el aportado por los padres, ya que dejará de sentir que todo es gratuito.


El equilibrio familiar es el equilibrio para la vida

La autoridad y los límites no son ausencia de amor. De hecho, es la muestra de amor más clara que podemos tener hacia nuestros hijos, además de la expresión de afecto. Enseñarle que en casa que hay unas normas que debemos respetar es prepararlo para el futuro. La democracia, como sistema social, basado en la libertad individual, comporta claramente una serie de compromisos y responsabilidades que debemos cumplir para tener beneficios y estar bien adaptados a la realidad que nos rodea. No dotar a nuestros hijos de la tolerancia que precisan para adaptarse al mundo exterior, una vez salgan del hogar, es incapacitarles para la vida.

RECOMENDACIONES

Cómo criar hijos tiranos. Mark Beyebach. Editorial Herder.

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